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4. La naturaleza en la alta montaña aragonesa

La naturaleza en la alta montaña aragonesa

Alta montaña cerca de Ansó.
La sierra de Gúdar, en la provincia de Teruel.
El Valle de Pineta.
Ganado pastando al lado del pico Anayet.
Frondosa vegetación en la zona del Moncayo
Espectacular paisaje de alta montaña en el Cañón de Añisclo.
Detalle de flora en el valle de Tena.
La abundante vegetación da aspecto de selva a los montes pirenaicos.
Pastos de siega de diente de león.
La alta montaña aragonesa es uno de los lugares con mayor interés biológico del mundo. Muchas son las circunstancias que se dan en estos lugares para tener una gran biodiversidad de especies y ambientes. La pieza clave de este singular puzzle es la latitud, es decir, el lugar que ocupan las montañas de Aragón con respecto al Ecuador. Cuanto más al norte viajamos, la diferencia latitudinal asciende y en consecuencia el número de especies es sensiblemente menor. Así, en los Pirineos, incluyendo las sierras prepirenaicas y los somontanos, se han descrito 3.500 especies vegetales y en el norte de Noruega sólo encontramos 100.
El biotopo de la alta montaña está representado en Aragón por los Pirineos, la más extensa cordillera ibérica, que alcanza en la provincia de Huesca su máxima expresión. En la provincia de Zaragoza este ambiente existe en las alturas del macizo del Moncayo dentro del Sistema Ibérico. También encontramos ambientes alpinos y subalpinos en las sierras turolenses de Javalambre y Gúdar ya que ambas superan los 2.000 metros de altitud, aunque en este caso se habla de alta montaña mediterránea. Tomaremos, al ser más representativo, el Pirineo oscense como ejemplo de ecosistema de alta montaña.
El paisaje de alta montaña aragonesa ha sido modelado por muy diversos agentes naturales y, desde luego, por la acción humana a lo largo de miles de años. Así, la espectacular geología de este ecosistema nos habla de antiguos mares, erupciones volcánicas, glaciares y grandes plegamientos. De todas estas acciones son testigos la gran cantidad de fósiles marinos que encontramos en cumbres calizas como la Peña Montañesa en L'Ainsa, los restos de una chimenea volcánica que es hoy el pico de Anayet en valle de Tena, o el glaciar de Monte Perdido en Ordesa o el del Aneto en las altas cumbres del Valle de Benasque. También en las cumbres del Moncayo y en las sierras Ibéricas turolenses hallamos la impronta del modelador glaciar.
Un factor importante que ha determinado la vida en la alta montaña aragonesa es el clima y la influencia de los mares. Así, el Pirineo aragonés se sitúa entre el Océano Atlántico, del que recibe abundante nubosidad, temporales de nieve en invierno, vientos del norte y masas de aire frío, y el mar Mediterráneo, que trae también nubosidad, vientos secos y cálidos y temperaturas más suaves. Esta mezcla de ambientes le da una variedad que no existe en ninguna otra montaña europea.
El clima también ha condicionado el asentamiento humano en la montaña, que nunca ha sido muy abundante. Pequeños pueblos que desde hace cientos de años se han dedicado a la ganadería y han creado un paisaje singular que en los últimos tiempos está siendo transformado por los usos turísticos que han sustituido a la tradicional forma de vida de los valles pirenaicos.
Si bien en la alta montaña no existen poblaciones, actúan como testigos de la acción del hombre en este ecosistema, las bordas, típica construcción pastoril hechas de piedra que servían para guardar y secar la paja y como refugio de los pastores.
Desde tiempos ancestrales se fomentó el pastoreo y el fuego para facilitar el crecimiento de la hierba del pasto que sería aprovechado por el ganado ovino, vacuno y caballar. Estos pastizales de verano, llamados "puertos", se sitúan en el piso subalpino, entre los 1.700 y los 2.300 metros de altitud, por encima de pinos royos y ocupando el lugar de las hayas. Todavía hoy existe algún rebaño de cientos de ovejas que suben del valle del Ebro a pastar en las montañas del Pirineo cumpliendo con el rito milenario de la trashumancia, acto que marcó los ritmos de vida de los habitantes pirenaicos.
Tan importante es la acción del ganado sobre los pastos que este ecosistema se mantiene en equilibrio también con la ayuda del ganado, que hace que muchas matitas del pasto vean estimulado su crecimiento por esa siega de diente que favorece también la aparición de renuevos, además de abonar la tierra con sus excrementos. Controlan la aparición de arbustos que de otra manera crecerían por doquier poniendo en peligro este microambiente de tantos años de evolución.
Es sorprendente que nuestros investigadores en botánica afirmen que los pastizales alpinos son uno de los biotopos con más biodiversidad y riqueza biológica que existen. También afirman que es gracias a la existencia de un suelo milenario y relicto, un suelo de épocas más cálidas que las actuales, que para mantenerse necesita de las múltiples interacciones con las especies vegetales que habitan sobre él. Es un suelo muy frágil, cualquier alteración desequilibraría el sistema y se transformaría en un suelo desnudo de rocas y canchales.

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